Basado en hechos reales (II)

La historia continúa.

Pasa el tiempo, Nathália y yo nos vamos de vacaciones/conferencia a los EEUU -en lo que es uno de nuestros mejores viajes como pareja :)-, y llega la boda de mis amigos Arturo & Neus. Volamos a Barcelona el jueves por la tarde y el viernes por la mañana acudimos a la ceremonia civil. Tenemos el honor de ser testigos pero… nos olvidamos los DNIs en casa, así que nos limitamos a sacar fotos :p
Ya de tarde la ceremonia se desarrolla fenomenalmente, tal vez sea uno de los últimos buenos e inolvidables recuerdos entre amigos. Nos lo pasamos fenomenal y nos reímos con mis anécdotas irreales -que de hecho sólo me pueden suceder a mí-. El sábado lo pasamos en familia pero el domingo muy pronto por la mañana ya nos toca volver a la Conferencia Helvética o Suiza para los amigos. Nos levantamos antes que de costumbre, a eso de las 5:00, y justo al apoyar la pierna me vuelve a quebrar el alma el dolor del que ya me había olvidado. Mi madre se queda pasmada, como Nathália la primera vez, pero consigo echarme sobre el sofá y relajarme mínimamente. El dolor, como de costumbre, desapareció a los 15 minutos y pudimos coger nuestro avión. La fecha, 11 de Septiembre de 2016, no parece ser una casualidad.

Al día siguiente -lunes- aparece el dolor intenso en el culo y, dado que desde el jueves de la semana anterior no iba a entrenar, decido dar marcha atrás en mi auto-promesa e ir a visitar el médico de familia.

La visita es de lo más peculiar: un brainstorming de posibles diagnósticos sin ningún sentido. Desde una posible tendinitis a un quiste en las lumbares pasando por… thalasemia. Sí, yo tampoco tenía ni idea de lo que era hasta que el doctor me preguntó si yo era italiano… ¡Por supuesto que no! Aunque muchísima gente en Suiza lo pensara debido a mi acento, ¡lo siento pero no! Y bueno, el médico me comunica que no es de importancia, que la thalasemia es la anemia del Mediterráneo. Os podéis imaginar cómo salgo de esa consulta: ¡echando humo por las orejas! Es tras esa pérdida de tiempo que hablo con mi entrenador, Luciano, que hace poco que ha tenido problemas en la espalda, para pedirle si me podía recomendar su médico deportivo. Finalmente es Nelson, el dueño de la academia, quien me facilita el contacto de dicho doctor. El doctor Blanc no tiene su gabinete en Neuchâtel, por lo que me tengo que desplazar hasta Crissier, cerca de Lausanne para visitarme. Consigo hacerme un hueco en su apretada agenda el viernes de esa misma semana.

Llega el día de la visita y, evidentemente, no queda ni rastro de mi dolor. Surgen varias hipótesis un poco más fundamentadas pero poco convincentes: un quiste en la rodilla, el síndrome de la cintilla iliotibial -o rodilla del corredor-, una hernia discal o una tendinitis al nivel de la inserción de los isquiotibiales. Como el dolor no existe en ese momento, el doctor me sugiere de entrenar más fuerte de lo normal para intentar reproducir  esa situación extraña y de acudir a su consulta aunque no tenga programada una visita para mostrarle dónde tengo más dolor.

¡Y dicho y hecho! Hablo con Luciano y nos vemos para entrenar el domingo, y después acudo a los entrenos del martes y miércoles. Todos estos entrenos tuvieron un factor común: la pierna. Tras este último entreno apenas puedo caminar, sentarme o dormir sin tomar un antiinflamatorio. Consigo ver al médico y ahora su discurso se centra más en la zona del culo, pero sin descartar la hernia discal. Sin embargo, me propone realizar previamente varias sesiones de fisioterapia y me receta un medicamento. Empezamos con osteopatía y a la semana siguiente me ponen ventosas de succión. Entre ambas sesiones me marcho a Berlín para una conferencia que ya tenía programada. Sólo puedo acudir 3 días en lugar de los 5 que tenía planeados inicialmente, pero de todos modos el cambiar de aires, conocer gente nueva y centrarme un poco en el trabajo me sirve de válvula de escape.

El dolor palpitante se extiende desde la zona del glúteo hasta la rodilla, y resulta por momentos insoportable. Intento apretar los dientes, hacer respiraciones abdominales (ibuki), y hasta grito de rabia. Pero no consigo librarme de él. Es tan fuerte que me despierta por las noches si olvido tomar el antiinflamatorio. Finalmente, tras presionar al doctor consigo que me programe una resonancia magnética para el 6 de octubre. La friolera de 8 meses después de mi primer episodio consigo una prueba diagnóstica… Viva la sanidad Suiza y viva el Dr. Blanc. Me hacen la resonancia, esta vez en Yverdon-les-bains, y además un TAC y una radiografía. El radiólogo me avisa a la salida y se interesa por saber qué tipo de actividad deportiva realizo habitualmente. Yo le explico que practico CrossFit unos 5 días por semana y me comenta que no es 100% seguro pero que parece una inflamación del hueso, una bursitis o una fractura de fatiga a causa del deporte. De todos modos, pensaría un poco más sobre mi caso antes de enviarle el informe al médico.

El lunes 10 de octubre acudo a la consulta del Dr. Blanc. Nathália se ha ido a Barcelona para pasar unos días de vacaciones con sus padres. Tengo hora a las 18:30 pero como desde Neuchâtel no tengo trenes con alta frecuencia -sólo dos por hora -, llego allí con 20 minutos de antelación. La secretaria me avisa de que tengo una hora de espera, que el doctor va con retraso. ¡Qué novedad! Pasados 40 minutos de espera, la secretaria me pregunta si he llevado el CD de las pruebas conmigo, porque no han recibido el informe del radiólogo y cuando han llamado al centro de radiología ya había cerrado. ¡Menudo profesionalismo! Es decir, que si no llego a llevar el CD conmigo me chupo la hora de espera, las dos horas del trayecto de ida y vuelta y el enfado monumental. Pero no fue así, fue peor. El Dr. Blanc me visitó y ante la pregunta que le hice sobre si todos los médicos estaban capacitados de interpretar las imágenes del CD, él se mostró muy seguro: “no todos pero yo sí” – afirmó categóricamente-. Gira la pantalla hacia mí y una vez carga el plano adecuado me suelta:

-Uy, parece que tienes el hueso podrido.
-¿Cómo? -respondo anonadado.
-Sí, mira aquí. ¿Ves? El hueso parece necrótico, aparece como moteado en las imágenes.

Ni en ese momento ni cuando habló de una posible infección o una tuberculosis ósea perdí la compostura. El médico me dijo que de todos modos esperaría el informe del radiólogo y me llamaría al día siguiente para confirmarme el diagnóstico. Fue cuando salí a la calle para llamar a Nathália y contarle lo que me acababan de decir que me di cuenta de que aquel hueso podrido era mío y rompí a llorar. También lo hice mientras se lo contaba a mi madre, en el tren de vuelta, cuando me crucé con mi compañero de oficina, Greg, y finalmente en la cama. Menuda noche de mierda.

Al día siguiente más lágrimas al contarle a los compañeros de trabajo mi fantástica tarde en Crissier. Y muchos nervios. Nervios por la llamada que nunca llegó. El informe del radiólogo, sin embargo, sí que lo hizo y no mencionaba nada de lo que el doctor me había comentado. Cuando a las 17:30 me decido por llamar, me salta el contestador automático. La rabia me invade en tan sólo un segundo. Y pasaron las horas: 18, 19, 20, 21… ¡Menudo profesional de pacotilla!  Le escribo un correo respetuoso pero quejándome de su falta de empatía con el paciente y me voy a la cama. Otra noche con el estómago en el puño. El día de nuestro aniversario de bodas lo he pasado de la peor de las maneras…

El miércoles 12 de octubre me hallo en el EMPA, en Thun, cuando por fin consigo hablar con el Dr. Blanc. Me dijo que no me tenía que preocupar, que simplemente eran fracturas de fatiga y que esto se trataba de la siguiente manera: evitando cualquier tipo de movimiento que me hiciera daño. Jajaja. La única cosa que puedo agradecerle de veras fue el que enviara mis imágenes a un radiólogo de confianza suya: el Profesor Theumann.

Ese fin de semana volé a Barcelona y aproveché para visitarme con un traumatólogo deportivo que me transmitió mucha confianza. Me dijo que tenía que hacerme más pruebas pero que no era un cáncer porque no había lisis ósea -fracturas en la superficie del hueso-. El lunes 17, ya de vuelta en Suiza, le vuelvo a escribir al Dr. Blanc para ver si tiene noticias de su colega. Ya he decidido no llamar nunca más a ese hombre: no me aporta nada hablar con su secretaria para que me diga lo ocupado que está y que me llamará hacia el final de su jornada, pues luego casi nunca lo hace. Ninguna respuesta a mi correo.

 

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2 thoughts on “Basado en hechos reales (II)

  1. Dani, no sabía nada de lo que te ha pasado! pero unas fotos sospechosas en Facebook y ahora este blog me han confirmado las sospechas…
    Mucho ánimo en esta lucha!! José Luis, mi marido, que es brasileño como Nathália, también te manda todo su apoyo y oraciones.

    Pd: menudo culebrón te han hecho pasar en la sanidad suiza, estamos esperando la parte III para ver como acaba, nos has dejado con la intriga…

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  2. Joder Dani!
    No sabía nada!
    De hecho he llegado al wordpress de casualidad y estoy leyendo todo para ponerme al día!
    Muchisima fuerza y muchísimo ánimo para continuar con la lucha!!!! Cualquier cosa que necesites no dudes en contactar con nosotros!

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